Los
datos sensibles de las personas que intervienen en la presente
historia, han sido alterados para preservar su identidad.
Mi
nombre es María y soy una persona migrante. Nací en Asunción del
Paraguay hace 35 años y allí es donde crecí. Durante mi niñez
pasamos momentos duros puesto que mi padre era granjero y mi madre se
encargaba de cuidar de mí y de mis 7 hermanos. Había veces que no
teníamos para comer porque el clima impedía que la cosecha
floreciera o las sequias se encargaban de limitar el agua disponible,
hasta el punto en el que había que elegir entre que bebieran los
animales o nosotros. Estas situaciones provocaban que poco a poco
fuéramos perdiendo los pocos animales que teníamos, las cuales
constituían nuestra única fuente de alimento fresco.
Durante
las épocas de sequía, mi padre debía salir a buscar trabajo y esto
era muy difícil para él, no solo porque se alejaba de su familia
por largos periodos y no estaba allí por cualquier cosa que
ocurriera, sino que nadie lo contrataba porque no había tenido
educación formal, sabía hablar poco español y menos podía leerlo
o escribirlo. Como todos en mi pueblo, él hablaba un dialecto local
llamado “Guaraní” y el español era el lenguaje que se utilizaba
para hablar con las personas de alto poder adquisitivo o los
extranjeros.
Fue
muy duro criarme en un entorno donde no había agua y comida todos
los días sobre la mesa. Por culpa de la falta de alimento, perdí a
2 de mis hermanos e incluso mi vida estuvo en riesgo porque no
contábamos con ninguna instalación sanitaria en las cercanías de
mi hogar. Si alguien tenía algún problema de salud, solo podíamos
rezar para que se curara.
Tuve
que salir a trabajar desde los 8 años porque era la mayor de la
familia y debía ayudar a mi madre a limpiar casas. Puesto que estaba
todo el día trabajando, no pude continuar mis estudios primarios y
solo fui 2 años al colegio. Aprendí a leer gracias a que una de mis
patronas era una maestra retirada y con gran amor y paciencia, me
enseño lo necesario para reconocer las palabras y poder escribir
algunas frases, pero aun hoy en día me cuesta entender algunas cosas
porque como no entiendo, no me puedo concentrar. Uno de mis más
grandes anhelos es alguna vez poder terminar de leer un libro.
En
una familia carenciada, siempre nos enseñaron el valor de lo que
teníamos que aunque poco en cantidad, representaba mucho para
nosotros y por eso lo cuidábamos tanto. Mis padres siempre hacían
hasta lo imposible para vernos felices y, a veces, pasaban días sin
comer para que nosotros tuviéramos un plato de sopa de mandioca.
Lamentablemente cuando tenía 12 años, mi padre fue secuestrado por
la policía porque el dueño del campo donde trabajaba lo acuso de
robarse 2 gallinas y por eso la policía vino a buscar a mi casa,
llevándose a la rastra ante el llanto impotente de mi madre y los
gritos de mis hermanos más pequeños. Ese día fue la última vez
que vi a mi padre con vida.
Con
el paso de tiempo, se descubrió que mi padre no había robado nada,
sino que había discutido con el dueño del campo porque este
golpeaba a su esposa y mi padre trato de defenderla. La verdad se
empezó a conocer y por eso, un día se apareció este hombre en mi
casa y golpeo a mi madre hasta dejarla en el piso, sangrando y
repitiéndole que si alguien se enteraba de la verdad, nos iban a
prender fuego nuestra casa, con todos nosotros adentro.
Por
esta amenaza, mi familia y yo decidimos huir hacia la capital de mi
país, en busca de un trabajo digno y mejores condiciones de vida.
Vivimos mucho tiempo en la calle, hasta que un día encontramos una
casa abandonada y empezamos a habitar allí. Si bien la casa no tenía
puertas, ni ventanas y estaba muy deteriorada, era suficiente para
que podamos cobijarnos del frio y de la gente mala que quería
hacernos daño.
Dos
días antes de mi cumpleaños número 15, fallece mi madre y quede a
cargo de mis 5 hermanos menores. Tuve que salir a buscar trabajo y
fue muy difícil porque nadie quería contratar a una niña, ni
siquiera para tareas domésticas. Un día, mientras salí a pedir
comida a mis vecinos, alguien ingreso a mi casa y secuestró a 3 de
mis hermanos porque en esa época, se utilizaba a los menores para
trabajar en talleres de costura clandestinos. Nunca más supe de
ellos. Cuando regrese y me di cuenta de lo sucedido, quede devastada
por la situación. Tenía 15 años, había perdido a mi padre y a mi
madre, y ahora 3 de mis hermanos habían desaparecido porque no había
llegado a esconderse en un armario, como si lo hicieron mis otros 2
hermanos. Intente realizar varias veces la denuncia, pero las
autoridades no me creían y decían que mentía, que nunca una niña
de mi edad podía estar a cargo de su familia.
Con
un panorama desalentador, sin trabajo, comida ni vestimenta, entre en
pánico porque no sabía qué hacer. Un día, una vecina me comentó
que ella tenía un primo que iba a viajar hacia Argentina y me
ofreció incluirme en viaje. Me contó que allá había trabajo e iba
a poder encontrar un lugar para ganarme la vida dignamente y poder
mantener a mis hermanos. Además, me contó que la educación y la
salud eran gratuitas y que iba a estar mejor que en Paraguay. Así es
como un día en 1993, decidí emigrar hacia la Argentina. Para
ingresar, cruzamos un rio de noche porque debíamos evitar que nos
detuviera la policía y así seguir viaje hacia la capital.
Estuvimos
varios meses hasta que llegamos a Buenos Aires. En el trayecto, uno
de mis hermanos se enfermó y estaba tan mal que lo tuvimos que
llevar al hospital. Allí lo internaron, pero me empezaron a pedir
documentos que prueben la historia que les contaba y me dijeron que
si no se los presentaba, me iban a detener. Asustado por la
situación, el hombre mayor con el que viajábamos me forzó a
abandonar a mi hermano, diciéndome que iba a estar bien y que
después lo volveríamos a buscar. Así es como seguimos el viaje.
Todavía hoy lloro al pensar que debería haberme quedado junto mi
hermano menor y no hacerle caso al adulto que se suponía que debía
cuidarnos. Todos los días rezo porque el esté bien, haya encontrado
una familia que lo quiera y sueño con que nos reencontremos.
Cuando
llegamos a Buenos Aires, el hombre nos abandonó en una estación de
colectivos y nuevamente sentí desesperación. Estaba en una ciudad
desconocida, sin dinero ni ropa, no podía hablar bien el idioma de
esta gente y el invierno era mucho más frio que en Asunción.
Durante mucho tiempo, sobrevivimos con mi hermanito de las monedas
que la gente nos daba en la calle, durmiendo en cualquier lugar que
nos ofreciera refugio. En esa época, sin entender mucho de lo que
estaba pasando y sobrepasada por todo lo que sucedía a mí
alrededor, probé las drogas y ese día me convertí en adicta. Mis
prioridades pasaron de pensar en conseguir dinero para comer, a
pensar como obtener dinero para comprar mi dosis diaria.
Poco
a poco comencé a perder la noción del tiempo y de lo importante de
las cosas. Mi hermanito trataba de ayudarme, pero era en vano, ni yo
misma sabía quién era. Al final de cuentas, sólo era una niña de
16 años, sumergida y sometida a un mundo de adultos, donde no
conocía las reglas. Hubo veces que tuve que prostituirme para poder
conseguir comida o drogas.
Al
tiempo de empezar a consumir, tuve que huir de la ciudad porque debía
dinero a mi proveedor de sustancias y me había amenazado de muerte.
Así fue como termine viviendo en un asentamiento precario, envuelta
en cartones y revolviendo la basura de la gente para poder
subsistir.
Poco
a poco fui consiguiendo los materiales necesarios para armarme una
casa y así construir un nuevo lugar al que pueda llamar hogar. Mi
hermano trabajaba haciendo “changas”, como aquí se le llama a
trabajos ocasionales y entre los 2, tratábamos de conseguir un plato
de comida para todos los días. Tuve una pareja ocasional y así fue
como quede embarazada de mellizos, pero la felicidad no fue completa
porque al contarle la noticia de mi embarazo a quien era mi pareja,
se horrorizó y nunca más lo volví a ver. Fue muy duro el tiempo
hasta que nacieron mis hijos porque tenía mucho miedo de ser una
madre soltera, no sabía de donde iba a sacar el dinero y sentía que
me iban a quitar a mis hijos porque no le podía garantizar un plato
de comida. Por suerte, mi hermano cuidaba de mí y nunca se separaba
de mi lado.
Un
día, golpearon la puerta de mi casa y me llamaron por mi nombre. No
reconocí la voz, pero salí a ver quién era. Se presentó a sí
mismo como Juan y dijo que le habían contado de mi situación y que
el quería ayudarme; no se imaginan mi alegría. Me conto que si me
interesaba, él me podía ofrecer un trabajo por el que me iban a
pagar muy bien y que era simple, solo tenía que viajar y llevar
cosas. Una vez dicho esto, me dejo un papel con una dirección y la
indicación de que debía estar allí al otro día temprano. Ese
mismo día, cuando mi hermano volvió a la noche, le conté la
situación y él no estaba contento porque sospechaba, decía que era
todo muy raro y que nadie es tan bueno sin esperar nada a cambio. Esa
noche discutimos mucho porque le dije que iba a ir a aceptar el
trabajo porque nuestra situación era muy difícil y necesitábamos
el dinero.
El
día indicado toco timbre en una puerta roja sin numeración y espero
a que me atiendan. La puerta la abrió una mujer que dijo llamarse
Lucia y me invitó a pasar. Una vez dentro, me ofrecieron desayunar y
hasta pude repetir todas las tazas de bebida caliente que quise. Al
rato apareció Juan y me contó sobre el trabajo, dijo que sabía
quién era porque le habían contado de mí una de mis vecinas y que
era la persona ideal para el trabajo que él tenía en mente.
Solamente debía llevar unas cosas hasta Europa y a la vuelta, me
iban a dar muchos dólares.
Al
principio tuve mis dudas y temores, pero realmente necesitaba el
dinero así que acepte y tuve que prometer que no iba a decir nada a
nadie. Cuando volví a mi casa, mi hermano se horrorizo ante la
propuesta porque no me habían contado nada más que el hecho de que
debía viajar a Europa. El tenía miedo por mi seguridad y por la de
mis hijos.
A
la semana volví al lugar donde me había reunido con Juan y le dije
que aceptaba, que quería viajar lo antes posible y que necesitaba el
dinero. Ese día fue cuando empezó otro calvario porque no me
dejaron regresar a casa y me dijeron que viajaría al otro día rumbo
a Europa, pero hasta entonces, no podía abandonar la casa ni
comunicarme con nadie. A la mañana siguiente, me sentaron en la mesa
y me contaron que debía tragar cápsulas para transportarlas en mi
estómago hasta el destino. Quise rehusarme, pero me dijeron que me
convenía hacerles caso, si es que no quería que les pasara nada a
mis hijos y mi hermano. Fui con ellos hasta el aeropuerto e intente
escaparme, pero me apuntaron con un arma y me juraron que si no
tomaba ese avión, se iban a encargar de que me arrepintiera el resto
de mi vida.
Así
fue como aborde el avión y me encomendé a dios para que todo
saliera bien porque ahora yo ya no importaba, sino que temía por mis
hijos y mi hermano. Cuando llegue a destino, fui separada del resto
de las personas que viajaron conmigo y encerrada en una habitación.
Pase horas siendo interrogada por personas que hablaban en un idioma
que no entendía y que todo el tiempo señalaban mi estómago. Varias
horas después de estar siendo sometida a aislamiento, hostigamiento
y sin siquiera recibir un vaso de agua o comida alguna, apareció un
intérprete que me explicó que había recibido una denuncia anónima,
alertado a las autoridades que de yo transportaba droga y por eso
estaba allí. Me recomendó que confesara que eso era cierto y que
por ello, me iban a dar una pena menor en el juicio. Luego de esto,
el hombre se fue y nunca más volví a verlo.
Con
mucho miedo y queriendo que la situación termine, confesé y conté
lo que había sucedido. Firme todos los papeles que me dieron, pero
en ningún momento pude hablar con un abogado o con alguien que me
explique qué era lo que estaba firmando. Así fue como me
trasladaron a una prisión y algunos meses después, se me condenó.
Pasé mi condena encerrada en una celda pequeña, con una compañera
que abusaba de mí. Mis días transcurrían lenta y agónicamente,
esperando a que se cumpliese el tiempo que había dispuesto el juez.
Un
día, me dijeron que porque me había portado bien, el juez podía
echarme del país, que no querían tenerme presa porque era una
inmigrante ilegal y representaba una pérdida de dinero el hecho de
que me tengan que alimentar y dar alojamiento todos los días.
Nuevamente firmé muchos papeles y fui expulsada de Europa y con
destino a Paraguay. Allí estuve trabajando en lo que podía para
poder conseguir el dinero suficiente como para pagarme el pasaje para
volver a Argentina, donde estaban las personas que más amaba en el
mundo. Varias semanas después volví a mi antigua y precaria casa, a
reencontrarme con mi familia. Allí estaban ellos, esperándome
sonrientes y sin entender mucho que había pasado. Mi hermano me
comentó que pensaron que había muerto puesto que hacía años que
no me comunicaba con ellos y que la última vez que me habían visto,
iba a buscar un trabajo.
Poco
a poco comencé a rehacer mi vida, hasta que empecé a tener un
trabajo estable como cuidadora de chicos. La estabilidad laboral me
permitió ahorrar un poco de dinero y cuando quise usar ese dinero
para viajar con mi familia. Cuando tratamos de cruzar la frontera,
las fuerzas de seguridad me volvieron a separar del contingente, lo
que me recordó ese horrible momento en Europa. Me dijeron que tenía
una causa judicial abierta por tráfico de drogas y que por ello no
podía abandonar el territorio nacional, que me convenía no volver a
intentar cruzar una frontera porque iba a terminar en la cárcel y
mis hijos en un reformatorio por ser hijos de una delincuente. No
pude sino llorar desconsoladamente ante esta situación.
Al
volver a Buenos Aires, averigüe que sucedía y me enteré que era
cierto; tenía una causa judicial y que podía volver a estar presa
por la misma causa que ya había estado detenida en el exterior. Es
así como inicio los trámites para poder regularizar mi situación
migratoria en un país que me discrimina por ser extranjera, pero que
a su vez me niega la posibilidad de regularizarme por ser extranjera
con una causa judicial. El mismo sistema que me acusa, me impide
vivir dignamente. Mis hijos son argentinos, pero no pueden ser
beneficiarios de ningún plan social porque su madre no tiene
documento oficial.
Así
es mi vida, así trascurren mis días. Trabajo informalmente porque
no tengo documento, pero lo hago para llevar el pan a la mesa de mis
hijos todos los días, mientras ellos van a la escuela para que con
esfuerzo, puedan acceder al futuro que yo no tuve. Lucho porque no se
los maltrate por tener una madre inmigrante y que tiene una causa
judicial. Mi caso no es el único, son miles las personas en mi misma
situación y todo ello me lleva a pensar… Migrar es un derecho
humano y ninguna persona es ilegal.