lunes, 7 de octubre de 2013

Testimonio de Maria | de mula a Europa

Los datos sensibles de las personas que intervienen en la presente historia, han sido alterados para preservar su identidad.

Mi nombre es María y soy una persona migrante. Nací en Asunción del Paraguay hace 35 años y allí es donde crecí. Durante mi niñez pasamos momentos duros puesto que mi padre era granjero y mi madre se encargaba de cuidar de mí y de mis 7 hermanos. Había veces que no teníamos para comer porque el clima impedía que la cosecha floreciera o las sequias se encargaban de limitar el agua disponible, hasta el punto en el que había que elegir entre que bebieran los animales o nosotros. Estas situaciones provocaban que poco a poco fuéramos perdiendo los pocos animales que teníamos, las cuales constituían nuestra única fuente de alimento fresco.

Durante las épocas de sequía, mi padre debía salir a buscar trabajo y esto era muy difícil para él, no solo porque se alejaba de su familia por largos periodos y no estaba allí por cualquier cosa que ocurriera, sino que nadie lo contrataba porque no había tenido educación formal, sabía hablar poco español y menos podía leerlo o escribirlo. Como todos en mi pueblo, él hablaba un dialecto local llamado “Guaraní” y el español era el lenguaje que se utilizaba para hablar con las personas de alto poder adquisitivo o los extranjeros. 

Fue muy duro criarme en un entorno donde no había agua y comida todos los días sobre la mesa. Por culpa de la falta de alimento, perdí a 2 de mis hermanos e incluso mi vida estuvo en riesgo porque no contábamos con ninguna instalación sanitaria en las cercanías de mi hogar. Si alguien tenía algún problema de salud, solo podíamos rezar para que se curara. 

Tuve que salir a trabajar desde los 8 años porque era la mayor de la familia y debía ayudar a mi madre a limpiar casas. Puesto que estaba todo el día trabajando, no pude continuar mis estudios primarios y solo fui 2 años al colegio. Aprendí a leer gracias a que una de mis patronas era una maestra retirada y con gran amor y paciencia, me enseño lo necesario para reconocer las palabras y poder escribir algunas frases, pero aun hoy en día me cuesta entender algunas cosas porque como no entiendo, no me puedo concentrar. Uno de mis más grandes anhelos es alguna vez poder terminar de leer un libro.

En una familia carenciada, siempre nos enseñaron el valor de lo que teníamos que aunque poco en cantidad, representaba mucho para nosotros y por eso lo cuidábamos tanto. Mis padres siempre hacían hasta lo imposible para vernos felices y, a veces, pasaban días sin comer para que nosotros tuviéramos un plato de sopa de mandioca. Lamentablemente cuando tenía 12 años, mi padre fue secuestrado por la policía porque el dueño del campo donde trabajaba lo acuso de robarse 2 gallinas y por eso la policía vino a buscar a mi casa, llevándose a la rastra ante el llanto impotente de mi madre y los gritos de mis hermanos más pequeños. Ese día fue la última vez que vi a mi padre con vida.

Con el paso de tiempo, se descubrió que mi padre no había robado nada, sino que había discutido con el dueño del campo porque este golpeaba a su esposa y mi padre trato de defenderla. La verdad se empezó a conocer y por eso, un día se apareció este hombre en mi casa y golpeo a mi madre hasta dejarla en el piso, sangrando y repitiéndole que si alguien se enteraba de la verdad, nos iban a prender fuego nuestra casa, con todos nosotros adentro.

Por esta amenaza, mi familia y yo decidimos huir hacia la capital de mi país, en busca de un trabajo digno y mejores condiciones de vida. Vivimos mucho tiempo en la calle, hasta que un día encontramos una casa abandonada y empezamos a habitar allí. Si bien la casa no tenía puertas, ni ventanas y estaba muy deteriorada, era suficiente para que podamos cobijarnos del frio y de la gente mala que quería hacernos daño.

Dos días antes de mi cumpleaños número 15, fallece mi madre y quede a cargo de mis 5 hermanos menores. Tuve que salir a buscar trabajo y fue muy difícil porque nadie quería contratar a una niña, ni siquiera para tareas domésticas. Un día, mientras salí a pedir comida a mis vecinos, alguien ingreso a mi casa y secuestró a 3 de mis hermanos porque en esa época, se utilizaba a los menores para trabajar en talleres de costura clandestinos. Nunca más supe de ellos. Cuando regrese y me di cuenta de lo sucedido, quede devastada por la situación. Tenía 15 años, había perdido a mi padre y a mi madre, y ahora 3 de mis hermanos habían desaparecido porque no había llegado a esconderse en un armario, como si lo hicieron mis otros 2 hermanos. Intente realizar varias veces la denuncia, pero las autoridades no me creían y decían que mentía, que nunca una niña de mi edad podía estar a cargo de su familia.

Con un panorama desalentador, sin trabajo, comida ni vestimenta, entre en pánico porque no sabía qué hacer. Un día, una vecina me comentó que ella tenía un primo que iba a viajar hacia Argentina y me ofreció incluirme en viaje. Me contó que allá había trabajo e iba a poder encontrar un lugar para ganarme la vida dignamente y poder mantener a mis hermanos. Además, me contó que la educación y la salud eran gratuitas y que iba a estar mejor que en Paraguay. Así es como un día en 1993, decidí emigrar hacia la Argentina. Para ingresar, cruzamos un rio de noche porque debíamos evitar que nos detuviera la policía y así seguir viaje hacia la capital.

Estuvimos varios meses hasta que llegamos a Buenos Aires. En el trayecto, uno de mis hermanos se enfermó y estaba tan mal que lo tuvimos que llevar al hospital. Allí lo internaron, pero me empezaron a pedir documentos que prueben la historia que les contaba y me dijeron que si no se los presentaba, me iban a detener. Asustado por la situación, el hombre mayor con el que viajábamos me forzó a abandonar a mi hermano, diciéndome que iba a estar bien y que después lo volveríamos a buscar. Así es como seguimos el viaje. Todavía hoy lloro al pensar que debería haberme quedado junto mi hermano menor y no hacerle caso al adulto que se suponía que debía cuidarnos. Todos los días rezo porque el esté bien, haya encontrado una familia que lo quiera y sueño con que nos reencontremos.

Cuando llegamos a Buenos Aires, el hombre nos abandonó en una estación de colectivos y nuevamente sentí desesperación. Estaba en una ciudad desconocida, sin dinero ni ropa, no podía hablar bien el idioma de esta gente y el invierno era mucho más frio que en Asunción. Durante mucho tiempo, sobrevivimos con mi hermanito de las monedas que la gente nos daba en la calle, durmiendo en cualquier lugar que nos ofreciera refugio. En esa época, sin entender mucho de lo que estaba pasando y sobrepasada por todo lo que sucedía a mí alrededor, probé las drogas y ese día me convertí en adicta. Mis prioridades pasaron de pensar en conseguir dinero para comer, a pensar como obtener dinero para comprar mi dosis diaria.

Poco a poco comencé a perder la noción del tiempo y de lo importante de las cosas. Mi hermanito trataba de ayudarme, pero era en vano, ni yo misma sabía quién era. Al final de cuentas, sólo era una niña de 16 años, sumergida y sometida a un mundo de adultos, donde no conocía las reglas. Hubo veces que tuve que prostituirme para poder conseguir comida o drogas.
Al tiempo de empezar a consumir, tuve que huir de la ciudad porque debía dinero a mi proveedor de sustancias y me había amenazado de muerte. Así fue como termine viviendo en un asentamiento precario, envuelta en cartones y revolviendo la basura de la gente para poder subsistir. 

Poco a poco fui consiguiendo los materiales necesarios para armarme una casa y así construir un nuevo lugar al que pueda llamar hogar. Mi hermano trabajaba haciendo “changas”, como aquí se le llama a trabajos ocasionales y entre los 2, tratábamos de conseguir un plato de comida para todos los días. Tuve una pareja ocasional y así fue como quede embarazada de mellizos, pero la felicidad no fue completa porque al contarle la noticia de mi embarazo a quien era mi pareja, se horrorizó y nunca más lo volví a ver. Fue muy duro el tiempo hasta que nacieron mis hijos porque tenía mucho miedo de ser una madre soltera, no sabía de donde iba a sacar el dinero y sentía que me iban a quitar a mis hijos porque no le podía garantizar un plato de comida. Por suerte, mi hermano cuidaba de mí y nunca se separaba de mi lado.

Un día, golpearon la puerta de mi casa y me llamaron por mi nombre. No reconocí la voz, pero salí a ver quién era. Se presentó a sí mismo como Juan y dijo que le habían contado de mi situación y que el quería ayudarme; no se imaginan mi alegría. Me conto que si me interesaba, él me podía ofrecer un trabajo por el que me iban a pagar muy bien y que era simple, solo tenía que viajar y llevar cosas. Una vez dicho esto, me dejo un papel con una dirección y la indicación de que debía estar allí al otro día temprano. Ese mismo día, cuando mi hermano volvió a la noche, le conté la situación y él no estaba contento porque sospechaba, decía que era todo muy raro y que nadie es tan bueno sin esperar nada a cambio. Esa noche discutimos mucho porque le dije que iba a ir a aceptar el trabajo porque nuestra situación era muy difícil y necesitábamos el dinero.

El día indicado toco timbre en una puerta roja sin numeración y espero a que me atiendan. La puerta la abrió una mujer que dijo llamarse Lucia y me invitó a pasar. Una vez dentro, me ofrecieron desayunar y hasta pude repetir todas las tazas de bebida caliente que quise. Al rato apareció Juan y me contó sobre el trabajo, dijo que sabía quién era porque le habían contado de mí una de mis vecinas y que era la persona ideal para el trabajo que él tenía en mente. Solamente debía llevar unas cosas hasta Europa y a la vuelta, me iban a dar muchos dólares. 

Al principio tuve mis dudas y temores, pero realmente necesitaba el dinero así que acepte y tuve que prometer que no iba a decir nada a nadie. Cuando volví a mi casa, mi hermano se horrorizo ante la propuesta porque no me habían contado nada más que el hecho de que debía viajar a Europa. El tenía miedo por mi seguridad y por la de mis hijos.

A la semana volví al lugar donde me había reunido con Juan y le dije que aceptaba, que quería viajar lo antes posible y que necesitaba el dinero. Ese día fue cuando empezó otro calvario porque no me dejaron regresar a casa y me dijeron que viajaría al otro día rumbo a Europa, pero hasta entonces, no podía abandonar la casa ni comunicarme con nadie. A la mañana siguiente, me sentaron en la mesa y me contaron que debía tragar cápsulas para transportarlas en mi estómago hasta el destino. Quise rehusarme, pero me dijeron que me convenía hacerles caso, si es que no quería que les pasara nada a mis hijos y mi hermano. Fui con ellos hasta el aeropuerto e intente escaparme, pero me apuntaron con un arma y me juraron que si no tomaba ese avión, se iban a encargar de que me arrepintiera el resto de mi vida.

Así fue como aborde el avión y me encomendé a dios para que todo saliera bien porque ahora yo ya no importaba, sino que temía por mis hijos y mi hermano. Cuando llegue a destino, fui separada del resto de las personas que viajaron conmigo y encerrada en una habitación. Pase horas siendo interrogada por personas que hablaban en un idioma que no entendía y que todo el tiempo señalaban mi estómago. Varias horas después de estar siendo sometida a aislamiento, hostigamiento y sin siquiera recibir un vaso de agua o comida alguna, apareció un intérprete que me explicó que había recibido una denuncia anónima, alertado a las autoridades que de yo transportaba droga y por eso estaba allí. Me recomendó que confesara que eso era cierto y que por ello, me iban a dar una pena menor en el juicio. Luego de esto, el hombre se fue y nunca más volví a verlo.

Con mucho miedo y queriendo que la situación termine, confesé y conté lo que había sucedido. Firme todos los papeles que me dieron, pero en ningún momento pude hablar con un abogado o con alguien que me explique qué era lo que estaba firmando. Así fue como me trasladaron a una prisión y algunos meses después, se me condenó. Pasé mi condena encerrada en una celda pequeña, con una compañera que abusaba de mí. Mis días transcurrían lenta y agónicamente, esperando a que se cumpliese el tiempo que había dispuesto el juez.

Un día, me dijeron que porque me había portado bien, el juez podía echarme del país, que no querían tenerme presa porque era una inmigrante ilegal y representaba una pérdida de dinero el hecho de que me tengan que alimentar y dar alojamiento todos los días. Nuevamente firmé muchos papeles y fui expulsada de Europa y con destino a Paraguay. Allí estuve trabajando en lo que podía para poder conseguir el dinero suficiente como para pagarme el pasaje para volver a Argentina, donde estaban las personas que más amaba en el mundo. Varias semanas después volví a mi antigua y precaria casa, a reencontrarme con mi familia. Allí estaban ellos, esperándome sonrientes y sin entender mucho que había pasado. Mi hermano me comentó que pensaron que había muerto puesto que hacía años que no me comunicaba con ellos y que la última vez que me habían visto, iba a buscar un trabajo.

Poco a poco comencé a rehacer mi vida, hasta que empecé a tener un trabajo estable como cuidadora de chicos. La estabilidad laboral me permitió ahorrar un poco de dinero y cuando quise usar ese dinero para viajar con mi familia. Cuando tratamos de cruzar la frontera, las fuerzas de seguridad me volvieron a separar del contingente, lo que me recordó ese horrible momento en Europa. Me dijeron que tenía una causa judicial abierta por tráfico de drogas y que por ello no podía abandonar el territorio nacional, que me convenía no volver a intentar cruzar una frontera porque iba a terminar en la cárcel y mis hijos en un reformatorio por ser hijos de una delincuente. No pude sino llorar desconsoladamente ante esta situación.

Al volver a Buenos Aires, averigüe que sucedía y me enteré que era cierto; tenía una causa judicial y que podía volver a estar presa por la misma causa que ya había estado detenida en el exterior. Es así como inicio los trámites para poder regularizar mi situación migratoria en un país que me discrimina por ser extranjera, pero que a su vez me niega la posibilidad de regularizarme por ser extranjera con una causa judicial. El mismo sistema que me acusa, me impide vivir dignamente. Mis hijos son argentinos, pero no pueden ser beneficiarios de ningún plan social porque su madre no tiene documento oficial. 

Así es mi vida, así trascurren mis días. Trabajo informalmente porque no tengo documento, pero lo hago para llevar el pan a la mesa de mis hijos todos los días, mientras ellos van a la escuela para que con esfuerzo, puedan acceder al futuro que yo no tuve. Lucho porque no se los maltrate por tener una madre inmigrante y que tiene una causa judicial. Mi caso no es el único, son miles las personas en mi misma situación y todo ello me lleva a pensar… Migrar es un derecho humano y ninguna persona es ilegal.

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